{N}7,{/}1 En el presente cap\u00edtulo Esdras es llamado varias veces {C}escriba{/}, o {C}maestro{/} {C}en la Ley. Ley de Yav\u00e9{/}, seg\u00fan los jud\u00edos{C}; Ley del Dios de los Cielos {/}en la carta oficial del gobierno perso que identificaba a Yav\u00e9 con el Dios de los Cielos{C}. {/}Se considera habitualmente que Esdras junt\u00f3 les libros que compon\u00edan el primer n\u00facleo de nuestra Biblia. Los libros de Mois\u00e9s llamados la Ley eran la parte esencial de ella.
Es entonces cuando la Ley de Dios empieza a ser identificada con un conjunto de libros tenidos por sagrados: ver al respecto 2 Mac 2,13 que atribuye esta iniciativa a Nehem\u00edas. 
Es aqu\u00ed, pues, donde conviene preguntarnos c\u00f3mo se reconocen los libros sagrados. Et que compra una Biblia no duda de que contiene los libros inspirados, que es el libro de la Palabra de Dios... Pero \u00bfqui\u00e9n decidi\u00f3, y con qu\u00e9 criterios, cu\u00e1les eran los libros sagrados? Esta pregunta es fundamental pues, bien seamos cat\u00f3licos o protestantes, cualquiera fuere la iglesia a la que pertenecemos, toda nuestra fe se basa en esas Escrituras. Si no existe alguna autoridad capaz de decidir cu\u00e1les son los libros inspirados y qu\u00e9 cr\u00e9dito podemos atribuirles, no habr\u00e1 fe cristiana. \u00bfEn qu\u00e9 difieren esos libros de los otros escritos procedentes de sabios, o de santas personas o de profetas? \u00bfEn qu\u00e9 medida nos entregan \u00e9stos la verdad \u00fanica y eterna que no es sino el propio Dios con su misterio?
{N}EL CANON DE LAS ESCRITURAS{/}
Es llamada \u00abcanon\u00bb (una palabra de origen griego que significa {C}regla{/}, o {C}derecho como una regla{/}) la lista oficial de los libros sagrados que son y siempre ser\u00e1n normativos de la fe. Digamos en pocas palabras que la seguridad de la fe descansa en la seguridad de que Dios ha dado a los ap\u00f3stoles de J\u00e9sus, y mediante ellos a la Iglesia, una asistancia especial de su Esp\u00edritu para que determine sin error cu\u00e1les son los libros sagrados. Volveremos en este punto a prop\u00f3sito de los llamados libros deutero-can\u00f3nicos.
Y para empezar, tratemos de ver c\u00f3mo esos libros sagrados llegaron a ser reconocidos, por la comunidad israelita primero, luego por la Iglesia.
El punto de partida de cada uno de ellos es un escrito redactado por un profeta, o por el disc\u00edpulo de un profeta, o por un sabio acostumbrado a ense\u00f1ar la ley de Dios. A veces este autor estaba consciente de ser inspirado, tanto en lo que escrib\u00eda como en lo que proclamaba. Otras veces quiso ense\u00f1ar o comentar la Ley de Dios o descubrir c\u00f3mo se verificaba en los acontecimientos, y lo hizo con fe y convicci\u00f3n de que estaba expresando la fe de Israel, o la de la Iglesia, pero sin por eso pensar que su libro era palabra de Dios.
Luego ha habido los azares de la vida y los da\u00f1os del tiempo: libros quemados, olvidados. El libro depositado en una biblioteca rudimentaria como pod\u00eda ser entonces cae despu\u00e9s de generaciones en manos de un sacerdote o de un letrado que lo encuentra bueno, pero no adaptado a los tiempos nuevos. Toma parte de \u00e9l o lo toma entero, pero le a\u00f1ade p\u00e1rrafos y p\u00e1ginas. Puede ser que el libro sea copiado y difundido y que muchas personas lo memoricen - pues muy pocos ten\u00edan un ejemplar. Pero tambi\u00e9n puede ser que el libro caiga en el olvido.
Luego se llega al momento en que la comunidad religiosa, ya sea la comunidad jud\u00eda o la Iglesia, se preocupa por juntar sus libros sagrados. Entonces las autoridades religiosas buscan los libros existentes en las varias comunidades, aprecian el inter\u00e9s que se tiene por ellos y notan los que la gran mayor\u00eda de los creyentes tienen por inspirados. Y finalmente deciden en nombre de Dios cu\u00e1les son los libros que ellas reconocen, los que ser\u00e1n considerados en adelante como portadores de la Palabra de Dios.
A partir de ese momento, sabiendo que la Iglesia goza de la asistencia del Esp\u00edritu de Dios, los creyentes hacen un acto de fe y reconocen estos libros como inspirados por Dios. Saben que si bien la mayor\u00eda de esos libros pasaron por varias manos, son en su estado final una parte del mensaje que Dios quiere dejar a su pueblo para todos los lugares y todos los tiempos. 
Como se ve, en todo este proceso la actuaci\u00f3n de Dios ha sido muy discreta, como lo es en la historia presente de la Iglesia o en nuestras vidas. Estuvo con el autor; estuvo con el sacerdote o el secretario que revis\u00f3 y tal vez desfigur\u00f3 el texto original; estuvo en el incendio que destruy\u00f3 ciertos libros tenidos por sagrados como en los lectores que se encari\u00f1aron con tal o cual escrito y lo salvaron del olvido. De alguna manera la cosa puede parecerse a un juego de azar, pero Dios siempre tiene la carta maestra y se lleva su libro, o m\u00e1s bien nos lo deja estampado. 
Cuanto acabamos de decir vale para todos los libros que componen la Biblia: fue la comunidad religiosa, jud\u00eda primero y cristiana despu\u00e9s, la que los eligi\u00f3 y los reconoci\u00f3 y en esto se nos pide un acto de fe sin el cual no tendr\u00edamos m\u00e1s Libro Sagrado. La fe es una decisi\u00f3n en la que reconocemos y elegimos al mismo tiempo al Pueblo y a su Libro. No sabemos ni lo sabremos nunca por qu\u00e9 camino tal o cual libro entr\u00f3 en ese Canon o Regla de las Escrituras, pero el hecho es que entr\u00f3 y que la comunidad, jud\u00eda o cristiana, nunca reneg\u00f3 de \u00e9l.
{N}DESPU\u00c9S DE ESDRAS{/}
Parece que el primer n\u00facleo de la Biblia conformado por Esdras ordenaba ya los libros seg\u00fan dos categor\u00edas: La Ley y los Profetas. La Ley, es decir, los cinco libros atribuidos a Mois\u00e9s; los Profetas, es decir, tanto los libros hist\u00f3ricos de inspiraci\u00f3n prof\u00e9tica como los escritos de los profetas. Fue sin duda un poco m\u00e1s tarde cuando apareci\u00f3 la tercera categor\u00eda, la de los Escritos, a medida que se iban reuniendo  esos libros de car\u00e1cter diverso pero que pod\u00edan habitualmente ser considerados como una "literatura de sabidur\u00eda". El pr\u00f3logo del libro de Sirac es el testimonio de una \u00e9poca, un siglo y medio antes de Cristo, en la que se hab\u00eda impuesto esa estructura.
El hecho de considerar a esos libros como libros sagrados no les impidi\u00f3 a algunos que se cre\u00edan autorizados a hacer ediciones revisadas de ellos o a a\u00f1adirles nuevos escritos, como fue el caso de Qumr\u00e1n. Puesto que se ve\u00eda en esas Escrituras la expresi\u00f3n de la fe del pueblo de Dios, hab\u00eda algunos que se consideraban como los int\u00e9rpretes aut\u00e9nticos de esa fe. Se a\u00f1adieron pues otros libros, ya sea a la colecci\u00f3n hebrea, ya sea a la biblia griega de los Setenta: no hab\u00eda pues un tabique divisorio entre las dos, por el hecho de que hasta en Palestina se usaba la de los Setenta.
Pero esa situaci\u00f3n no pod\u00eda perdurar por siempre: era necesario que alg\u00fan d\u00eda las autoridades tomaran una posici\u00f3n y fijaran un solo canon de los libros sagrados. Era necesario adem\u00e1s que decidieran si el libro estaba terminado o si permanec\u00eda abierto a nuevos escritos. La venida de Jes\u00fas y la constituci\u00f3n de la Iglesia iban a precipitar esa nueva etapa.
{N}EL CAN\u00d3N JUD\u00cdO FIJADO EN JAMNIA{/}
Despu\u00e9s de la ruina de Jerusal\u00e9n y de la destrucci\u00f3n del Templo que marcaron el fin de la rebeli\u00f3n y la guerra jud\u00eda contra los ej\u00e9rcitos romanos, los fariseos, la \u00fanica fuerza viva sobreviviente entre los partidos o "sectas" que hab\u00edan dividido a la comunidad jud\u00eda, hicieron lo que m\u00e1s pudieron para restaurar las instituciones religiosas. Fue en la Escuela sinagogal de Jamnia, en los a\u00f1os 80 a 100 de nuestra era, donde se estableci\u00f3 una lista de los libros considerados como necesarios y cuyo car\u00e1cter sagrado exig\u00eda que uno se purificara despu\u00e9s de haberlos tocado. El primer criterio para elegirlos fue la aceptaci\u00f3n general de esos libros y su uso en la liturgia. Se conserv\u00f3 la versi\u00f3n hebr\u00e1ica de Ester a la que los esenios de Qumr\u00e1n rechazaban por su falta de esp\u00edritu religioso, se acept\u00f3 a Daniel y a las Cr\u00f3nicas y se rechaz\u00f3 la totalidad de los libros que s\u00f3lo  figuraban en la Biblia griega, aun cuando varios de ellos no eran m\u00e1s que traducciones de un original hebreo (como 1 Macabeos, Sirac, Judit).
Ese Canon no fue propuesto en forma de ley, pero se impuso, y desde ese momento se estim\u00f3 que el libro estaba terminado. Bajo el nombre de la Ley, los Profetas y los Escritos, o sea: Torah, Nebiim y Ketubim (abreviado TaNak), la Biblia hebrea alcanz\u00f3 su forma definitiva.
{N}EL CAN\u00d3N DE LA IGLESIA{/}
La Iglesia no estaba todav\u00eda preparada para una tal determinaci\u00f3n; se contentaba con utilizar la Biblia griega sin discutir el valor de sus libros. Su atenci\u00f3n se fue concentrando en el uso de los escritos nuevos que comenzaban a multiplicarse mientras la Iglesia se iba extendiendo a nuevos pa\u00edses y tambi\u00e9n iban desapareciendo uno tr\u00e1s otro los ap\u00f3stoles de Jes\u00fas que hab\u00edan sido los testigos oficiales y la autoridad suprema de la fe. Las tradiciones orales que conten\u00edan hechos y gestos de Jes\u00fas se agregaban a un cierto n\u00famero de cartas enviadas por los ap\u00f3stoles o que hab\u00edan sido escritas bajo su nombre. Eran frecuentes las relaciones entre los diversos pa\u00edses ribere\u00f1os del Mediterr\u00e1neo y pusieron en com\u00fan su riqueza. Roma ten\u00eda el evangelio de Marcos, las grandes cartas de Pablo, los Hechos. Siria, probablemente, entreg\u00f3 Mateo y la carta de Santiago. Asia Menor y las ciudades griegas aportaron su contribuci\u00f3n. Una frase de la segunda carta de Pedro, escrita hacia el a\u00f1o 125, nos muestra que ya por esa \u00e9poca las cartas de Pablo eran consideradas como textos inspirados, "igual como las otras Escrituras", sin duda los libros del Antiguo Testamento (2P 3,16).
No todo fue recibido con la misma consideraci\u00f3n. A lo largo del segundo siglo de nuestra era se descartaron Evangelios o Hechos, de hecho m\u00e1s tard\u00edos que los nuestros, que parec\u00edan apartarse de la fe apost\u00f3lica o revelar fantas\u00eda. Tal o cual de ellos, como el {C}Evangelio de Tom\u00e1s{/}, pudo sin embargo haber conservado palabras aut\u00e9nticas de Jes\u00fas que no nos llegaron de otra manera. Igual que para el canon jud\u00edo, el criterio principal parece haber sido la aceptaci\u00f3n general del texto y su uso lit\u00fargico; pero tambi\u00e9n quer\u00edan que ese escrito proviniera de un ap\u00f3stol o de su entorno directo. Eso explica que las Ep\u00edstolas llamadas Cat\u00f3licas, escritas en su mayor parte en las dos generaciones siguientes, se presentaran como cartas de Pedro, de Judas, de Santiago.
Aun cuando haya que esperar hasta fines del siglo cuarto para encontrar  concilios y documentos que autorizan la lista de los libros del Nuevo Testamento tal como la tenemos hoy en d\u00eda, desde fines del siglo segundo se hab\u00eda ya llegado pr\u00e1cticamente a un acuerdo sobre el conjunto. No quedaban m\u00e1s que dos libros en discusi\u00f3n, y por razones parecidas: los orientales no aceptaban la carta a los Hebros porque ve\u00edan con claridad que no era de Pablo, y los romanos no quer\u00edan reconocer al Apocalipsis, ya que estaban convencidos de que no era del ap\u00f3stol Juan.
{N}LOS DEUTEROCAN\u00d3NICOS{/}
Al mismo tiempo que se fijaba el Canon del Nuevo Testamento, se preocupaban de las Escrituras heredadas de Israel que hab\u00edan pasado a constituir el Antiguo Testamento. Volvieron a aparecer con argumentos parecidos las mismas discusiones que hab\u00edan enfrentado, entre los jud\u00edos, a los partidarios de la lista larga de los Setenta y a los de la lista corta de la Biblia hebrea. El Oriente en su conjunto se inclinaba por la lista corta; el Occidente, por la lista larga, con Agust\u00edn a la cabeza. Si esta \u00faltima conquist\u00f3 poco a poco la adhesi\u00f3n de la cristiandad fue merced a San Jer\u00f3nimo, y el hecho es tanto m\u00e1s notable cuanto que \u00e9l mismo, influenciado por su ambiente jud\u00edo en Palestina, se opon\u00eda firmemente a ella.
Jer\u00f3nimo hab\u00eda llevado a cabo la traducci\u00f3n latina de la Biblia desde el texto hebreo, siguiendo una sugerencia de Or\u00edgenes que quer\u00eda que la Iglesia buscara la Escritura en su texto original en vez de leerla y de traducirla desde los Setenta como se hac\u00eda desde el tiempo de los ap\u00f3stoles. Apreciaba tan poco los libros griegos que hab\u00eda traducido con gran velocidad, en una sola noche (y sin computadora) todo el libro de Tob\u00edas. Eso, sin embargo, no le hab\u00eda impedido poner esos libros en su traducci\u00f3n, la Vulgata latina. No faltaban empero, entre los que le\u00edan la Vulgata, versi\u00f3n oficial y casi \u00fanica de la Iglesia, los que cuestionaran los libros que all\u00ed se encontraban. El libro de Sirac, llamado el Eclesi\u00e1stico, "el libro de la congregaci\u00f3n", gozaba de un gran prestigio, y era muy com\u00fan buscar en el segundo libro de los Macabeos y en el libro de la Sabidur\u00eda las primeras profesiones de fe en la resurrecci\u00f3n.
Por eso cuando se someti\u00f3 a los Padres del Concilio de Trento, en el siglo 16, un decreto que formulara el Canon con toda la autoridad de la Iglesia y de una manera irreversible, la mayor\u00eda se remiti\u00f3 a la pr\u00e1ctica general del pueblo cristiano educado por la Vulgata de San Jer\u00f3nimo y aprob\u00f3 la lista griega casi completa. No hizo ninguna distinci\u00f3n entre los libros de la Biblia hebrea y los que s\u00f3lo figuraban en la Biblia griega, a los que desde hac\u00eda largo tiempo se los denominaba {C}Deuterocan\u00f3nicos{/}, es decir, libros de la segunda lista.
{N}LOS ESCR\u00daPULOS PROTESTANTES{/}
Entre los que ten\u00edan un poco de cultura hist\u00f3rica y b\u00edblica, y a menudo mucho m\u00e1s que un poco, eran numerosos los que hubieran querido excluir a los Deuterocan\u00f3nicos. En la Iglesia Cat\u00f3lica el decreto infalible del Concilio de Trento puso fin a las discusiones. Pero no pas\u00f3 lo mismo en las iglesias nacidas de la Reforma. Durante un buen tiempo sus biblias incluyeron a los Deuterocan\u00f3nicos, pero en una secci\u00f3n aparte, precisando que su lectura era \u00fatil pero que uno no se pod\u00eda apoyar en ellos para una discusi\u00f3n. Luego dejaron de imprimirlos. Hace algunas decenas de a\u00f1os han comenzado de nuevo a incluirlos, pero en una secci\u00f3n especial. S\u00f3lo resta alegrarse de la ca\u00edda de una construcci\u00f3n teol\u00f3gica arbitraria que fue aceptada durante 4 siglos, la cual pon\u00eda entre los tiempos del Antiguo Testamento hebreo -durante los cuales Dios no pod\u00eda hablar m\u00e1s que en hebreo, y los del Nuevo Testamento en que hablaba griego, un per\u00edodo de tres siglos llamado Intertestamentario, del cual estaban excluidos a priori la inspiraci\u00f3n divina y el progreso de la fe.

