{2}DEUTERONOMIO{/}

En su forma actual, el Deuteronomio se presenta como las palabras que Mois\u00e9s dirigi\u00f3 a Israel al otro lado del Jord\u00e1n, en los umbrales de la tierra prometida ([Dt_1,1]; [Dt_9,1]). Presintiendo cercanos los d\u00edas de su muerte, Mois\u00e9s quiso legar al pueblo sus \u00faltimas instrucciones.
Algunos autores califican el Deuteronomio como un discurso de despedida de Mois\u00e9s. A juzgar por los diferentes t\u00edtulos que jalonan el libro, m\u00e1s que por uno, el Deuteronomio est\u00e1 compuesto por tres discursos y un ap\u00e9ndice.
El segundo discurso, central en orden e importancia, abarca la mayor parte del libro (cc. [Dt_4,44] a [Dt_28,68]). Sus t\u00edtulos lo definen como la ley de Mois\u00e9s [Dt_4,44]; o como las normas, las leyes y los preceptos de Mois\u00e9s [Dt_4,45]. En ellos se refleja bien el contenido, ya que el cuerpo del discurso lo constituye el c\u00f3digo legal (cc. [Dt_12,1 ] a [Dt_25,1]). 
Los otros dos discursos podemos conceptuarlos como mirada retrospectiva y prospectiva. En cuanto introducci\u00f3n general al libro, m\u00e1s a\u00fan, a los libros de la historia deuteronomista (Josu\u00e9-Reyes), el primer discurso (cc. [Dt_1,1] a [Dt_4,43]) apunta a lo que sigue, pero sintetiza tambi\u00e9n parte de la historia precedente (G\u00e9nesis-N\u00fameros). An\u00e1logamente, el tercer discurso (cc. [Dt_28,69] a [Dt_30,20]) se proyecta sobre lo que precede, pero abre paso a la historia que sigue.
Desde el punto de vista teol\u00f3gico, el Deuteronomio es uno de los libros m\u00e1s ricos del Antiguo Testamento. Cinco grandes temas se dan cita en \u00e9l: un Dios, un pueblo, una tierra, una ley, un santuario. Estos, a su vez, atraen a otros: elecci\u00f3n, alianza, bendici\u00f3n, maldici\u00f3n, etc\u00e9tera.
La idea de un Dios se da la mano con la de un pueblo. El Se\u00f1or es el Dios de Israel, y este, el pueblo de Dios. La unidad de Dios, solemnemente proclamada desde el principio, constituye el dogma principal [Dt_6,4]. De entre todos los pueblos, el Se\u00f1or eligi\u00f3 a Israel como pueblo de su propiedad [Dt_7,6]. Tal elecci\u00f3n crea lazos especiales entre los dos. Israel tiene que amar al Se\u00f1or, alabarlo y reconocerlo como a su Dios. Se exige de Israel un amor total y exclusivo, que implica una separaci\u00f3n de las otras naciones. Israel no puede portarse como ellas, pues es un pueblo santo y consagrado al Se\u00f1or. Los israelitas son hijos de Dios y hermanos entre s\u00ed.
De Dios le vienen a Israel los bienes que posee. La tierra figura como el m\u00e1s importante. Tanto su conquista como la fuerza para trabajarla y adquirir sus riquezas proceden del Se\u00f1or, no de Israel ni de los otros dioses o pueblos. Por esto, Israel no ha de vanagloriarse; pero tampoco ha de temer, sino tan s\u00f3lo confiar en el Se\u00f1or. La tierra de Cana\u00e1n es una tierra buena [Dt_8,7]ss. Contrasta con la de Egipto y con el desierto. Egipto era una tierra de servidumbre; la de Cana\u00e1n es de se\u00f1or\u00edo [Dt_6,10]ss; [Dt_11,10]ss. El desierto era un sequedal sin una gota de agua, mientras que en Cana\u00e1n abundan las fuentes y veneros. La tierra prometida es, en fin, \u00abuna tierra que mana leche y miel\u00bb.
Asentado en esta tierra, el pueblo necesita una ley para vivir en sociedad. Ser fieles a la ley equivale a ser fieles al Se\u00f1or. Observar los mandamientos es tanto como temer al Se\u00f1or, amarle y servirle [Dt_10,12]ss. Del cumplimiento de las leyes depende la vida y la bendici\u00f3n del pueblo (c. [Dt_28,1]).
La unidad de Dios lleva, en \u00faltima instancia, a la unidad de santuario (c. [Dt_12,1]). La centralizaci\u00f3n del culto forma parte del capital m\u00e1s valioso y original del libro del Deuteronomio. Se pide a Israel que destruya los lugares de culto y que adore al Se\u00f1or en el lugar que \u00e9l eligiere para hacer habitar all\u00ed su nombre.
